Ayer tuve un sueño y me desperté llorando.
Ya casi no recuerdo como era cuando tenía 16 años. Solo recuerdo mis uñas negras, mi collar de héroes del silencio y ese amor loco que sentía por un chico del que hoy a penas sé nada.
No recuerdo mucho de la chica que cambió tras ese verano espantoso en el que la vida le dio un vuelco, solo el silencio que sentía apoderó de ella, su libreta rosa y el libro que releía vez tras vez en el ferro de camino a casa. Esa chica era yo.
No me acuerdo tampoco de la jovencita que cada día se levantaba temprano para ir a clase. ¿Como se llamaban mis compañeras? Un día llegué a llamarlas amigas. Pero hoy ya no sé ni quiénes son.
Ayer mientras volvía a casa pasé por aquel parque donde ese chico se enamoró de mí. El primer “romance” de mi vida, y ni siquiera le di un beso. Bueno, al menos no el primero. Se llamaba… (ya no lo recuerdo), pero me hizo una sesión de fotos que debo guardar por ahí en alguna carpeta de mi viejo ordenador. Tiempo después me regalaría cada foto con una dedicatoria escrita detrás, un ramo de flores y una pulsera con la promesa de amarme siempre. Pero nunca me enamoré. El no sería mi primer amor.
Ayer mientras pasaba por el parque recordé lo lejanos que estaban esos días en los que la vida todavía no me había cambiado, en los que aún no conocía el amor y en los que todavía no sabía quién iba a ser.
Estos días han sido muy raros, de pronto tras 4 años yendo religiosamente cada día al mismo hospital, recorro media ciudad para ir a otro sitio, con otra gente, con otro ambiente, siendo otra yo. Pero esa yo… ¿quién es?
Últimamente los días se mezclan en mi cabeza trayéndome ligeros recuerdos del ayer. De nuevo frente a la facultad de química, y la niña de 18 años resurge de mis adentros con la misma pregunta de hace años atrás, la que me hacía cada día cuando iba a esplugues a las prácticas de salud ambiental; ¿qué sería hoy si tan solo…?
Lo curioso es que esa pregunta ya no me atormenta. Pero sigue estando ahí…
Salir de la rutina me ha alterado un poco los recuerdos. Y se mezclan, se difuminan y se pierden en la inmensidad del “¿qué?” Siento que he vivido mil vidas, y realmente solo tengo 25 años. Solo… ¿Realmente es un “solo”? Porque si mal no recuerdo cuando era niña soñaba con servir en Madrid. Esos sueños de una inocente niña de 8 años… y ahora están tan cerca… pero yo estoy muy lejos de ser la misma cría.
Últimamente la vida no ha dejado de sorprenderme. Para bien, para mal. He dejado de sentirme tan triste… pero vivo de alegría en alegría, saboreando cada instante de felicidad como si fuera a escaparse de mis manos. Los fines de semana, los jueves en el salón, los abrazos de mis amigos, los jagger-red bull que nos pedimos y las risas de después, cada meta construida, cada nueva posibilidad, cada canción nueva, cada amigo nuevo, cada plan distinto, cada risa con mi familia, cada amanecer bonito, cada segundo con mi Luke. Todo. Lo saboreo todo como si nunca más fuera a vivirlo. De esa manera todo es más intenso. Aunque siendo franca jamás he sabido vivir las emociones de forma distinta. Quizá es una etapa, hasta que vuelva la mala racha, pero mientras tanto, la saboreo, guardando cada destello de luz que aparece en mi vida, cada felicidad, cada emoción, cada nueva aventura. Lo atesoro todo como mi mayor tesoro, para cuando vengan los tiempos malos seguir sintiendo algo de calidez. O para cuando haga las maletas sienta que todo esto ha valido la pena.
Mi vida en Barcelona debe merecer cada instante vivido, ¿no? Y lo merece, por supuesto.
De mientras llegue ese momento de marcharme, viviré cada día como si fuera el último, paseando por el puerto cada viernes, observando el mar, la playa, sus luces, sabiendo que seguramente dentro de poco dejaré de verlas.
Hace unos cuantos viernes, mientras recorría el camino de siempre, me senté en un banco en el puerto, en aquel donde una vez compartí palomitas con el que llegué a llamar “amor de mi vida”, ¿Amor de mi vida? Já, hoy me causa risa. “Fue bonito mientras duró”. Por supuesto. Fue un lindo recuerdo, pero no más. Pero sí, sonrío cuando me acuerdo aunque sin un atisbo de dolor. Por eso ese viernes me sorprendí cuando al caminar por el puerto, llegué al bar donde fui con F y C luego de encontrármelo en aquel restaurante de sushi, justo un mes después de habernos visto por última vez, y de golpe sentí tristeza.
Y es que en esta ciudad tan bonita he vivido tantas historias… miles de ellas de las que solo son testigo hoy el paso del tiempo y sus calles. Rincones secretos donde escribí mi propio libro de cuentos y poemas, de romances y desamores, de ilusiones y fracasos. Y de golpe se concluye un capítulo que se marca con un nuevo comienzo a miles de kilómetros de mi Barcelona preciosa.
Ruth se irá en Julio a vivir a Madrid. Yo me iré con ella en cuanto gane la plaza. Y justo ayer me dijeron que las resoluciones saldrán el mes que viene. El mes que viene… ¿cuántos años han pasado desde que firmé ese contrato? 4 años y cien historias de por medio. Y de pronto consigo la plaza por la que tanto he peleado y me marcho a Madrid. Y aquí se queda media vida, mi primer amor, mis primeras alegrías, mis primeras veces, mis primeras caídas, las noches sin freno de bailar y cantar hasta la madrugada, las mañanas de pintar tazas con acuarelas sintiendo aún la “resaca”… todo eso se quedará aquí cuando le diga adiós para siempre.
Sí, no recuerdo mucho de quién era hace unos años, a día de hoy tampoco sé muy bien cómo definirme, solo sé que mis días en esta ciudad están contados. Y que tantos cambios en las últimas semanas me han causado un remolino de emociones y recuerdos que evocan el ayer.
Un ayer que me marcó tanto que siento orgullo de haber vivido tantas vidas en tan solo 25 años.
Un sentimiento de libertad me invade de tal forma que no puedo contenerlo. Me siento libre, como un pájaro que está despegando sus alas a punto de alzar vuelo.
Y esa jaula que retendría mi vida para siempre, de pronto abre sus puertas para dejarme volar. “Mamá, te echaré mucho de menos”. “Coco, visítame seguido, eh” “A, siempre estaremos a una llamada de distancia” “M, te espero siempre aquí para desayunar juntas en el mismo lugar”. Os echaré de menos a todos… lo prometo. Pero siempre he sabido que mi felicidad estaba en Madrid.
Ayer soñé que viviría aquí para siempre, con la misma vida, la misma rutina, el mismo anhelo, y me desperté con lágrimas en los ojos. Esta vida, ya no está escrita para mí.
“Michelle del futuro, ¿estás ya en Madrid como siempre soñaste?” Escribí cuando tenía 8 años.
Y hoy puedo decirle(me) que estamos a punto de lograrlo.
K
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