miércoles, 19 de febrero de 2025

Las cenizas

20:17 - Ólafur Arnalds 


 Como una bala que me dispara al pecho. Como un huracán que arrasa con todo lo que conocí. Como un fuego que lo incendia todo hasta las cenizas. 

¿Alguna vez te hablé de cómo me sentí cuando te conocí?

Sentí como un fuego que se encendió dentro de mí. Ni siquiera tuve tiempo de detenerlo, fue imparable. Desde el minuto uno en el que te vi, te me clavaste muy adentro. No sé cómo lo hiciste, no sé si fue por la luz que vi en tus ojos, si fue porque me dijiste que te sentías muy solo, o porque me vi reflejada en ti en algunas cosas que me contaste. Pero cuando pude darme cuenta, habías arrasado con una parte de mí que no conocía, habías llegado como un fuego que ardía sin freno. Y aquí has estado hasta hace poco, ardiendo, quemándome… 

Cuando dejaste de quererme ese fuego que me hacía sentir viva, se volvió un infierno en carne propia, algo que me quemaba las entrañas cuando pensaba en ti, cuando algo me recordaba a ti, cuando veía algo que alguna vez compartimos, cuando pasaba por algún lugar donde alguna vez fuimos juntos, o cuando me acostaba a dormir y empezaba a llorar con la esperanza de que mis lágrimas apagaran de una vez por todas ese fuego que ya no me daba vida, sino que me estaba matando. 

Se me estaba yendo la vida, y no exagero. Solo Dios sabe cuánto dolor pasé durante tantos tantos meses. Días enteros llorando por ti, preguntándome una y otra vez cómo habías podido dejar de amarme, como habías podido romper todas las promesas que me habías hecho, tratando de buscar una explicación, reviviendo en mi mente todas las cosas que compartimos juntos, cada beso, cada abrazo, cada mirada. Hoy si lo pienso, me parece enfermizo. Pero supongo que fue justo eso, estaba enferma de amor. 

Y cada vez que sentía que ese fuego se estaba apagando lo volvía a encender. Encontré la forma de hacerlo, echándole leña a una hoguera que me hacía sentir conectada a ti. Por que si ya no existías en mi vida, al menos eras real si ese fuego aún me dolía. Hoy que lo pienso, esa debió ser la razón, porque sino no puedo explicármelo. ¿Cómo te mantuve vivo tanto tiempo? 

¿Sabes? Me sorprende la facilidad que tienen otras personas para volver a amar, yo no sé cómo lo hacen. Y no te creas, los envidio. Cuántas lágrimas me habría ahorrado de haber sido capaz de volver a vivir mucho antes. Pero las cosas sucedieron así por algo. Lo sé. 

Ese fuego del que te hablo, fue algo que me encendió. Que mientras duró el amor que nos teníamos, me hizo sentir invencible, imparable, única, especial. Era algo que yo nunca había sentido. Por nadie. A veces cuando pensaba en ti sentía que volaba, y aunque nunca te lo dije, te amé de una forma tan intensa, que llegué a pensar que nunca volvería a amar con esa misma fuerza. Llegué a sentir que ese fuego nunca se apagaría del todo. 

Hice todo cuanto pude, lloré por meses, le hablé de ti hasta a las paredes, fui a terapia, al gym, leí libros, aprendí natación, compuse varias canciones y hasta me volví bailarina, todo para tratar de extinguir ese incendio que me consumía. Pero cuanto más me esforzaba, más ardía, como si en vez de echarle agua le estuviera echando gasolina. Y siempre pensé que la única persona que podría apagarlo eras tú. Con un “lo siento”. Como si esas 8 letras y saber que una parte de ti, diminuta al menos, le había dolido perderme, lograrían apagar ese fuego. Pero esas palabras nunca llegaron. 

Era fuego. Sí, quemaba. Tanto que a veces corrí bajo la lluvia para ver si se apagaba. De mi casa hasta Vall D’Hebron, corriendo mientras las lágrimas se mezclaban con la lluvia, y en vez de sentir alivio, sentía como me quemaban la piel al resbalar por mis mejillas. 

Todo parecía inútil, me seguías ardiendo por dentro, quemándome hasta el alma. Y solo las noches que me arrodillaba pidiéndole ayuda a Dios, lograba conciliar el sueño. Le pedí vez tras vez que me sacara todo ese amor que sentía, le supliqué que me perdonase si me había equivocado pero que saldara mi deuda y me dejara libre de ti. 

¿Recuerdas cómo era mi cama? Que a los pies tenía una ventana. Pues me dormí allí, acurrucada a los pies de mi cama, envuelta en una manta, mirando la luz que entraba por esa ventana, muchísimas noches. Me quedaba dormida de tanto orar. A veces en cambio, no lograba dormir, y veía salir el sol, mientras en mi pecho esa llama que se encendió cuando llegaste a mi vida, ardía incesantemente. 

Parecía una pesadilla. Nada lograba arrancarte de mi cuerpo, de mi piel, de mis recuerdos. Nada ni nadie. Y no te niego que lo intenté, intenté volver a enamorarme, aunque no tenía ganas intenté fijarme en alguien más. Pero nadie salvo V, lograba hacerme sentir nada. Solo él conseguía que durante el tiempo que estaba junto a él ya no te recordara, ni me quemara tan intensamente tu ausencia. Pero luego se iba y volvía a sentirme igual. Tal vez por eso jamás pude corresponderlo. Y ahora ya es tarde para eso… pero bueno, ese es otro tipo de dolor del que hoy no pienso hablar. 

Estaba muriéndome lentamente que hasta hubiera preferido no conocerte nunca. Hoy sin embargo, ya no sería tan radical, porque hoy me di cuenta de algo y por eso estoy aquí: 

Ese fuego que parecía inextinguible… se está apagando. 

Lo supe aquel día que lo conocí. Lo supe en ese instante, ese fuego estaba muriendo. Ya no ardía igual. Ya no me quemaba de la misma forma. Ya no quema, ya no arde, ya no duele. 

Y así como un día vino, se fue. 

Fuiste un destello en mi vida, J, algo tan veloz que no supe ver cuando llegaste ni logré ver cuando te fuiste. Solo vi el destello de tu paso por mi vida. Tan hermoso, brillante, puro y luego doloroso, incomprensible, asfixiante. Fuiste una mezcla de emociones que me invadieron sin yo poder detenerlo. Y así como un día llegaste te marchaste sin avisar. No tú, sino tu fuego. Tú te habías ido mucho antes. Pero tu fuego simplemente se fue apagando hasta solo dejar cenizas, mientras sin preverlo alguien más encendía una chispa en mí.

Ayer fue 18, hace cuatro días fue San Valentín, y cuando sin querer algo me recordó a ti, no me doliste. No quemaba. 

Me desperté el viernes a las 9, no fui a trabajar porque estaba enferma, y cuando vi el móvil y leí 14 de Febrero, me sentí extraña. Porque ese dolor punzante que me acompañaba siempre, se había ido. Fue tanto mi asombro que me metí a Spotify y busqué las canciones que me recordaban a ti, las de Calibre50, la de Tragao’ de ti que una vez me cantaste en el metro, y muchas más que siempre me hacían avivar ese fuego y me mantenían conectada a un dolor que te mantenía vivo en mí. Las puse esperando sentir lo mismo que llevaba sintiendo estos últimos meses. Pero… no sentí nada. Absolutamente nada. Y entonces me puse a llorar. Y por primera vez, no lloraba por ti, sino por haber dejado de amarte. 

Me levanté de la cama, fui al baño, me miré en el espejo y no me reconocí. No era la misma de los últimos 21 meses, algo había cambiado. Me miré bien, llevándome una mano al pecho, y entonces lo vi; tenía brillo en la mirada. Ahí estaba, algo me había devuelto a la vida, y ese fuego tan doloroso ya no ardía. 

Ya no arde… 

No puedo explicar como lo hice, ni qué pasó, pero ya no me siento como antes, y eso me hace sentir muy extraña.

Tal vez fue ese sábado en aquel bar, tal vez fue cuando él me ofreció una copa, tal vez mucho antes, quizá cuando volví a ver a V, quizá cuando me dijeron que me iba a Miami, o con viaje a México, quizá cuando llegó mi abuelo de Ecuador, o cuando me propusieron irme a Madrid a vivir, no lo sé, pero he vuelto a sentirme yo. Y eso solo puede significar una cosa: esto está llegando a su fin. 

Ese fuego que parecía eterno, se está apagando por fin. 

K










No hay comentarios:

Publicar un comentario